El arte y el camino hacia lo humano

Daniel Habegger

Daniel Habegger

Por Daniel Habegger, para Innata 1. Abril de 2015

“Aquel a quien la naturaleza revela sus secreto manifiesto, suspira por su intérprete más digno: el arte”

Cuatro elementos componen la sustancia elemental de todo el universo: la tierra, el agua, el aire y el fuego. De estos cuatro elementos estamos hechos nosotros.

La tierra constituye nuestro fundamento físico, la compartimos con el reino mineral. El agua es el sostén de vuestra vida, sin ella nos deshidratamos y no podemos vivir, la compartimos con el reino vegetal. El aire que inspiramos y exhalamos, relaciona nuestro espacio interior con el entorno, espacio interior que compartimos con el reino animal. Y, además, tenemos calor (fuego), un calor que está presente también en los animales pero que en nosotros se vuelve una cualidad del alma. Y ese calor nos habla de la presencia de un Yo.

Pero por encima de estos tres reinos existe un cuarto reino: el reino humano.

Este reino no se encuentra inmediatamente sobre los otros tres sino que está separado, por un amplio espacio, al que podemos llamar el espacio de la libertad. Si ese espacio no existiera no existiría el arte.

Los animales no necesitan ir a la escuela. Sería absurdo, por ejemplo – suponiendo que ellos hablaran- que papá y mamá elefante preguntaran a su pequeño elefantito aquello que tantas veces nos preguntar* a nosotros en nuestra infancia: “¿Qué querés ser — o que vas a ser cuando seas grande? Los animales solo podrán ser aquello para lo que nacieron como representantes de una especie; cada hombre en cambio, no es más que un representante de sí mismo y viene el mundo con un libro de páginas en blanco que irá llenando, día tras día, escribiendo así una biografía. No nacemos humanos, tan solo personas; lo humano en nosotros es algo que tenemos que conquistar. Y es por eso que, siendo niños y jóvenes debemos ir a la escuela para aprender ¿Aprender qué? Aprender a ser humanos, adquirir las capacidades que nos permitan acercarnos cada vez más al reino de lo humano.

Ciencia, arte y religión constituyen los tres pilares fundamentales de nuestra civilización, que a su vez encuentran su correlato en la estructura ternaria del hombre, con sus esferas del pensar, del sentir y del hacer. Desde hace mucho tiempo, esta tríada se encuentra desmembrada y el mundo, en lugar de volverse más humano, parece deshumanizarse cada vez más. El prejuicio, el egoísmo, el fanatismo y la violencia están presentes en todas partes. Hace cincuenta años atrás casi no se hablaba de los derechos humanos; que hoy el tema haya cobrado tanta importancia se debe al hecho de que lo humano es precisamente aquello de lo que más carecemos.

A fines del siglo XVIII, ya una concepción materialista del mundo comenzaba a impregnar los distintos estratos de la vida, y el arte, al mismo tiempo, llegaba a su punto de mayor decadencia. Es entonces que J.W. Goethe logra tender un puente que permite al arte unirse nuevamente con la ciencia, restaurando a la luz del espíritu, la tríada original.

“Aquel a quien la naturaleza revela sus secreto manifiesto, suspira por su intérprete más digno: el arte” ¿Qué es lo que quiere decir Goethe con esto? ¿Por qué nos habla de un secreto manifiesto? ¿Cómo puede algo ser secreto y, al mismo tiempo, estar manifiesto?

Quizás con un ejemplo sea posible aclarar un poco las cosas. Imaginemos a un niño de muy corta edad, que aún no ha aprendido a leer. Tiene abierto delante de sí un libro con un poema de Borges. Puede apreciar el blanco de la hoja en torno al poema, puede ver la viñeta que adorna letras y el dibujo de las restantes formando líneas horizontales de diferente longitud. Pero no puede descifrar esas letras y comprender el texto. La poesía está allí, todo el tiempo manifiesta a sus ojos y, sin embrago, secreta para él, que es incapaz de leerla.

Lo que hizo Goethe fue aprender a leer en el gran libro viviente de la naturaleza, relacionando las cosas no sólo en el espacio sino también en el tiempo. ¡Y el secreto se hizo manifiesto! El árido mundo sin sentido, intelectual y abstracto, abre paso, a los ojos  del contemplador silencioso y atento, a una nueva realidad que sólo puede ser interpretada con justicia por el arte. Cuando nuestro objeto de investigación  científica se eleva a la esfera del arte, nace en nosotros un sentimiento de profunda reverencia y devoción, un sentimiento religioso.  Ciencia, arte y religión se unen así en un verdadero camino de conocimiento. Es por eso que Goethe dice: “El que tiene arte y tiene ciencia, tiene religión. El que no tiene ni arte ni ciencia, necesita religión”

Para Goethe su obra cumbre fue el “Estudio de los colores” donde muestra, a través de experimentos que cualquiera puede hacer, que los colores nacen de una polaridad viviente, el encuentro y la lucha de la luz y la oscuridad.

Un siglo después, Rudolf Steiner, rescata por encima de la literatura, el trabajo científico de Goethe y desarrolla, en consonancia con él, una teoría del conocimiento que aún está esperando el reconocimiento oficial.

Así como la ciencia, el arte y la religión son el fundamento de la civilización humana, una educación para lo humano debería educar para lo religioso, lo artístico y lo científico, partiendo de una imagen trimembrada del hombre con sus esferas del hacer, el sentir y el pensar. No es la finalidad aquí, hablar de pedagogía, pero sí debemos mencionar la importancia del arte en el currículum escolar, no como una materia sino como un vehículo a través del cual se aprende, no en forma intelectual, sino vivencial. No es la misión de la escuela formar artistas, sino seres humanos; pero todo individuo consciente que se transforme en humano será también, de algún modo, un artista. Y de todas las artes, la suprema conquista será la del arte de pensar.

Entre nuestra cabeza y nuestra voluntad, se encuentra la esfera rítmica de nuestro sentir. Con el sentir nos conmovemos, estamos en constante movimiento y podemos regular y armonizar los procesos entre el pensar y el hacer. Pero cuando ese pensamiento se vuelve caótico, abandona el ritmo para volverse arrítmico, o se detiene completamente, corremos el peligro de enfermarnos. ¡Qué importante será entonces, en nuestra edad adulta, incorporar a nuestra vida una práctica artística que nos ayude a vitalizar y ritmificar nuestras zonas dormidas; el arte como parte de nuestra auto-educación!

Atahualpa Yupanqui decía: “Escuche a Bach un año entero y después va a ser otra  persona”. Extasiémonos con la novena sinfonía de Beethoven, o la Flauta Mágica de Mozart. Admiremos una pintura del Greco o de Rembrandt  y agradezcamos lo sublime de su arte que ha enriquecido para siempre la conciencia del mundo. Pero no nos olvidemos, también, de buscar al artista en nosotros.

Alguien podrá decir ¿Yo un artista? ¡No me hagan reír! Y sin embrago es así. Sólo que ese artista está muchas veces tan pero tan dormido (y nadie a lo largo de nuestra vida se ha ocupado de despertarlo)que ignoramos su existencia por completo.

Pero todos podemos crear, aunque al principio los resultados sean toscos y simples, si podemos despojarnos de nuestros condicionamientos y entregarnos al hacer.

No nacemos humanos, lo humano en nosotros es algo que tenemos que conquistar. Esto es así, porque somos seres en devenir, seres en proceso, sin terminar, que venimos al mundo para aprender y crecer. Y ese mundo al que venimos será también un  mundo en devenir, una obra inacabada, inconclusa, que debemos ayudar a completar (si antes no lo destruimos por completo).

He ahí nuestro principal desafío: convertir a nuestro devenir en un camino cada vez más consciente, en donde seamos capaces , finalmente, de aprender que podemos transformarnos poco a poco, de seres creados a co creadores. Será éste un verdadero camino hacia lo humano, lo que significa, al mismo tiempo, un camino a la libertad.

 

Daniel Habegger  es artista y  pintor.Expuso y trabajó en el país y en el extranjero. Sus obras se encuentran en colecciones privadas de diversos países en todo el mundo. Realizó murales y cuadros para altares en iglesias de la Comunidad de Cristianos. Es docente en introduccion a la Antroposofía del Seminario de pedagogía Waldorf de Buenos Aires y del Seminario pedagógico a distancia. Coordina grupos de pintura y lectura de Antroposofía.


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